martes, marzo 18, 2008

Divinidades

Aunque las mentes racionales habían sabido siempre que todos los textos religiosos no podían ser verdaderos, la reacción fue sin embargo muy notable. Allí estaba la revelación que nadie podía negar o poner en duda. Ahí estaban —vistos gracias a una desconocida magia de los superseñores— los verdaderos comienzos de todas las grandes religiones del mundo. En sólo unos pocos días todos los redentores del género humano perdieron su origen divino. Bajo la intensa y desapasionada luz de la verdad las creencias que habían alimentado a millones de hombres, durante dos mil años, se desvanecieron como el rocío de la mañana. El bien y el mal fabricados por ellas fueron arrojados al pasado. Ya nunca volverían a conmover el alma de los hombres. La humanidad había perdido sus antiguas divinidades. Ahora era ya bastante vieja como para no necesitar dioses nuevos.

De "El fin de la infancia" (1953)



Arthur Clarke, escritor de ciencia ficción, ha muerto mañana, 19 de marzo, mientras aquí todavía es 18, y recuerdo aquellas calurosas y largas tardes de mi adolescencia hundida en sus libros.


(Me enteré vía Taleb. La foto también es de su blog).

viernes, enero 18, 2008

La escalinata

1604963682_4ba430d9e6La de la foto era una sonrisa feliz. De felicidad auténtica y completa.
No imaginó, ni se le cruzó hacerlo en ese momento, los días difíciles que vendrían.

Al subir la antigua escalinata junto a él sintió que comenzaba lo mejor de su vida. Ese tiempo compartido, intenso, aprovechado segundo a segundo, minuto a minuto, día a día.
En algún punto entre la avenida que conduce al campus universitario y las escalinatas del imponente edificio, ella fue perfectamente feliz.Ahora sabía de qué se trataba eso. Para que pensar en nada más.

Los meses, los años, suelen poner las cosas en su lugar. Con el recuerdo de esos días y de esos instantes únicos guardaron en una caja sus sentimientos intactos, junto a varios objetos que querían conservar para un futuro juntos.
Cerraron las tapas de cartón, y ya no supieron como avanzar. La sonrisa quedó grabada en la mirada de él, y los ojos serenos de él en la memoria de ella.
Los escalones se esfumaron, y fue imposible seguir subiendo.

sábado, enero 12, 2008

Despedida y encuentro con Ángel González


OTRAS VECES

Quisiera estar en otra parte,
mejor en otra piel,
y averiguar si desde allí la vida,
por las ventanas de otros ojos,
se ve así de grotesca algunas tardes.

Me gustaría mucho conocer
el efecto abrasivo del tiempo en otras vísceras,
comprobar si el pasado
impregna los tejidos del mismo zumo acre,
si todos los recuerdos en todas las memorias
desprenden este olor
a fruta madura mustia y a jazmín podrido.

Desearía mirarme
con las pupilas duras de aquel que más me odia,
para que así el desprecio
destruya los despojos
de todo lo que nunca enterrará el olvido.

Ángel González


Para despedir a un poeta, digo yo, no hay otra manera que leerlo y leerlo, recorrer sus palabras hasta el cansancio, si es que eso fuera posible. Leerlo y recorrerlo hasta que los ojos digan basta, y podamos mirar dentro nuestro y sus palabras estén ahora ahí, y sigan hablando.

martes, enero 08, 2008

Música para un 8 de enero


sábado, diciembre 22, 2007

El mundo se ha hecho más pequeño

El muchacho recorría aldeas y pueblos con su padre, vendiendo mercaderías. Sabía de dormir en los establos de las posadas, junto al caballo. El mundo era inmenso y su paisaje inmediato tal vez demasiado pequeño.

Había nacido en 1902 en Alcora, un pueblito de la provincia de Castellón de la Plana. Era uno de cinco hijos de un matrimonio humilde. Alcora - España

Su hijo mayor nunca supo bien la razón por la que su padre llegó a Argentina. Creía que había venido a América para salvarse de la “mili”, pero con los años encontró entre sus pasaportes papeles con anotaciones militares. Quizás su aldea le quedó chica, quizás decidió atravesar medio mundo buscando un futuro. El viaje no era corto, nada por entonces era instantáneo, pocas cosas eran, como hoy, fugaces.

En Argentina tenía un tío dueño de un bazar (hoy en el lugar hay una librería). Con 23 años el joven inmigrante llegó a la ciudad de La Plata, a hacer primero de vendedor y después de encargado en el negocio, y allí se casó y tuvo hijos. En 1934 volvió a España en barco a ver a su familia, y al poco tiempo de su vuelta supo de la muerte de su padre, a quien habían matado los “rojos” en la Guerra Civil. En 1950 volvió a viajar a España, ya en avión, por última vez.

La nieta conoció un hombre ya anciano, siempre sentado, de pocas palabras, que sonreía a veces. El no contó su historia, tal vez ya no era tiempo, tal vez sus nietos eran demasiado pequeños y él estaba ya muy cansado.

Lo he imaginado desde que mi mente accedió a esa imagen de vendedor ambulante, recorriendo pueblos, y desde que, vía Internet, he podido ver fotos de su pueblo.

España siempre fue un territorio de fantasías. Quizás por ser nieta de un inmigrante, pero eso no lo sé con certeza. Hay algo allí, siempre hubo algo: una historia, unos lugares, unas voces, incluso unos olores que imagino y me atraen.

Sin embargo España no dejó de ser un ensueño borroso hasta que pude hacer contacto con personas. Discusiones, conversaciones, acuerdos y desacuerdos de un lado al otro del océano en segundos, muchas veces en simultáneo. Muchas veces hubo calidez y sorprendentes coincidencias, de esas que no se encuentran a diario en el entorno cercano.

Ella, desde España, me ha dicho hace unos días que pensó en mí mientras escuchaba unas zambas y chacareras en un recital. Y otra vez el territorio de la fantasía se volvió el espacio donde vive una persona. Ha sentido como propio, ha compartido algo que de alguna forma es mío, y el mundo ha estrechado kilómetros, los mismos que recorrió aquel barco en el que llegó mi abuelo, pero esta vez en segundos.

Donde quiera que esté el último día de este año levantaré una copa, como indica el ritual. Tal vez no esté celebrando, quizás no haya euforia en ese gesto. Recordaré, sumaré y restaré en el balance de los arbitrarios doce meses del año, pensaré otro tanto en el futuro, desearé con fuerza que es la única forma de desear, y brindaré también por aquellos encuentros, en los que no hay miradas ni abrazos apretados, pero sí intercambios sinceros de sentimientos y pensamientos. Por algunos motivos que aun no comprendo, y por otros que sí entiendo, y también porque alguien piensa en mí al oír una melodía, hay un pedacito de mí en aquel continente, y hay un territorio que también me pertenece.

Efectivamente, el mundo se ha hecho más pequeño.

jueves, noviembre 08, 2007

La decisión

Por mi parte tendría que decirte: se acabó, terminé...Pero te juro que seguiría alargando el pasado con tal de que no llegara el momento de tu decisión.

Sí, Alejandra, cualquiera es una decisión. Que no digas nada también. Y todo lo que te dije esta mañana, también. ¿O creés que no me hubiera resultado más fácil comentarte, como al pasar, que hace unos días mi viejo volvió de viaje y listo?


De la novela "Las visitas", de Silvia Schujer, Alfaguara Juvenil, Buenos Aires, 2006.

Un texto para gente "desde 12 años", de la colección azul de Alfaguara. Me emocionó.

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viernes, noviembre 02, 2007

Lápiz y papel

Hace varios siglos, me parece, cuando estaba lejos de conocer las computadoras y lo más parecido a un juguete electrónico era el Atari que alguna vez compartí con mis hermanos en el televisor blanco y negro, escribía las páginas de un diario de tapas duras rosa metalizado, con un candado que encerraba mis más preciosos secretos de pre adolescente.

Fue entonces cuando empecé a amar al lápiz y al papel.

Es difícil que en cualquier lugar falte un elemento para escribir y un papel cualquiera donde hacerlo. Durante años llené de frases prestadas las hojas Rivadavia de mi gastada carpeta del secundario, las tapas de la carpeta, las tapas de los libros, las paredes de mi cuarto, las de algún bar de mala muerte refugio de horas fuera de la escuela…a veces biromes y fibras iban más allá del papel.

En esos años en que creí perder a quien era yo realmente, ocupé páginas de una agenda tal vez pensada para organizar tareas laborales escribiendo alguna memoria triste, las sensaciones de un presente entre amargo y esperanzado y las ganas de un futuro que, indolente, desviaba su ruta.

En esas mismas hojas le escribí las primeras palabras a mi primer hijo antes de nacer. Y un poema a los pocos días de que sus ojitos entonces verdes vieran la luz de este mundo desigual y bello.

Las últimas cartas en papel las escribí también en aquellos días.

Los post, pienso a veces, deberían escribirse primero con lápiz y papel. Algunas veces lo he hecho pero paradójicamente este no es el caso.

Es raro haber escrito las letras más sentidas de mi vida presionando botones y mirando los caracteres aparecer –impersonales- en una pantalla. Siendo la principal tarea de mi oficio hilar palabras y frases, después de haber martillado una máquina de escribir con los dos índices durante un tiempo, era claro que llegarían las cosas a este punto.

Si hoy no tuviera computadora –si no tuviera bitácora-, seguro estaría llenando hojas de algún bloc, cuaderno, agenda o similar. No me habría olvidado de registrar ese día, cuando se terminaron las fechas que reúnen los doce meses de un año que ya no habría de repetirse con el recuerdo del anterior, distinto y agonizante.

Habría anotado el día en que aquel recién nacido se subió a un transporte público sin querer que yo lo acompañara en el trance, me saludó y lo vi irse, mientras sentía el tironcito al desprenderlo para siempre de mí, de mis cuidados primeros y de esa infancia que abandona.

No habría olvidado dedicarle unas líneas a mi pequeña, que ya usa mi ropa y mis zapatos, y que camina a mi lado, a la par, muchas veces en silencio, cada una con sus pensamientos, pero muy cerca.

Si hoy no tuviera computadora estaría tal vez recordando un encuentro fugaz en una esquina, en una plaza. Estaría tratando de reproducir con papel y lápiz una sonrisa –aquella-, sin dudas estaría escribiendo.

Si hoy no tuviera un teclado y una pantalla, si no tuviera un blog, de alguna manera, seguro, estaría escribiendo que te quiero.

sábado, octubre 20, 2007

Contratango (y tristeza)


Pasó el tiempo del desguace,
de aprender cómo se hunde
la miseria en la miseria
y el dolor en el dolor.

Ya no gimo en la amargura,
la soledad no me aterra,
aprendí a quererme un poco,
p'a vivir cogí valor.

Fue entonces que pude verla,
sonriendo a mi costado,
que pude tomar su mano
y abrir mi pecho al amor.

Por eso no pienso en irme
ni en cesar mi pensamiento.
¡Que ya se fue el sufrimiento
y pensar puedo mejor!

Profesor Portillo


Tenía esas cosas. Contestaba a un tango con un contratango. Comentaba en haiku.

No sé bien en que momento lo conocí. No sé si lo conocí, aunque sé que he querido hacerlo.
Me invade la tristeza y me resisto a creer.
Quien sabe por qué un puñado de personas en el mundo pueden entenderse a la distancia, creando una pequeña e invisible red de afectos intangibles y sin embargo, tan reales.

El Profe falta desde el 16 de octubre en mi pequeña red. Y lo voy a extrañar.

lunes, octubre 01, 2007

El cuarto de al lado

Yo sólo sé que nunca estuve a la altura
yo estaba muy pirado y vos eras tan pura
también solías ser mi muchachita punk
pero en cualquier caso sabías amar

Recuerdo la mañana yendo al hospital
reías como loca ibas a ser mamá
hiciste yoga sola encerrada en el baño
después te di la mano y pasaron los años

La vida es la reina madre de la inmensidad
la que agita las fieras, la que acerca los corazones
la música es la reina madre y ya no se hable más
silencio que ha llegado ella con sus balas y flores

La sangre juega fuerte, no sabe pensar
desata las tormentas, desde el más allá
por suerte nunca me tomé nada tan en serio
yo sé que ya está todo escrito en el viento

Y todo lo que hacés por obligación
se lleva la alegría de tu corazón
y quién se va a creer lo que cuentan los diarios
yo creo en el amor a través de los años

Yo sólo sé que nunca estuve a la altura
yo me hago el inocente y vos te hacés la dura
igual está el amor, no se puede parar
los hijos en el cuarto de al lado


Fito Páez, del album "Rodolfo", 2007


Sólo por esta canción me voy a comprar el disco de Fito. Como diría Casciari, quiero poseerlo.

jueves, septiembre 13, 2007

Para que no se olviden

A Hernán, con un tirón de orejas.


Muchas veces en mi vida me atacó una sensación extraña: la de creer que pertenezco a una rara generación en extinción. Como si quienes tienen mi edad no compartieran los mismos recuerdos, la misma nube nostálgica hacia cosas que van quedando inevitablemente en la niñez, y que sólo pueden volver cuando se las rescata en reuniones de pares, de esas en las que los “te acordaaaaaas de…?” surgen a borbotones.

Pues bien, me he encontrado con poca gente de mi edad que recuerde las mismas cosas que yo. Por caso ¿alguien que visite este blog (¡y que no sea ninguno de mis hermanos!) ha leído de chico la colección de los cuentos del Chiribitil? ¿Existe algun humano de treinta y pico por ahí que haya disfrutado con los libros de Polydoro? (aun con esas historias bíblicas que vaya a saber por qué no pasaron el filtro de unos padres poco proclives al adoctrinamiento religioso).

Más aún: ¿alguien recuerda las revistas Recreo?

Supongo que muchos habrán leido a Elsa Borneman y escuchado a María Elena Walsh. Más de uno habrá pasado tardes calurosas, ya preadolescente con los libros de la colección roja de Billiken, o con los amarillos de la Robin Hood. ¿Pero qué hay de aquellos tesoros de la niñez, de mi niñez?

Este sí, este no, este no, este no, este sí…

El ritual se repetía de cama en cama. Lo disfrutaba los fines de semana cuando dormía en casa de mi viejo, sin apuros y sin madrugones en ciernes. Mi papá con la pila de las Recreo y alguno de nosotros eligiendo el cuento que nos tocaba esa noche. Uno por cama, una elección por cama. A veces una elección (y un cuento) cada dos camas, para ahorrar voz y apurar el tiempo del descanso. Después, orejas de la almohada para afuera y a dormir.

Recordé todo esto mientras visitaba Para que no se olviden. El sitio es español, pero sin embargo muchos de los títulos que rescata no me pasaron desapercibidos, como los de la colección “Cómo hacer”. Maravillosa idea , teniendo en cuenta que el papel se deteriora, y que algunos tesoros de aquella época en la que éramos chicos, parecen no ser merecedores (y yo discrepo totalmente) de reedición alguna.

Me dieron muchas ganas de empezar una iniciativa similar. Entre mis hermanos hay quien tomó la decisión de empezar a escanear, pero no sé hasta donde habrá llegado en la empresa. Pues bien, hacen falta otros escáneres (¿se dice así?) y otras ganas. Digo, cooperación. Y poner manos a la obra. ¿Por qué no dejar ese legado?

Después de todo, en el futuro las pc estarán cada vez menos atadas a un rincón o a un cable. Serán cada vez más portátiles, livianas y fáciles de manipular. Quien sabe si arrastrando el ratón por la pantalla no se podrá reeditar la ceremonia del “este sí, este no…”

Y quizás, quien sabe, después del cuento, de apagar el monitor, y de sacar las orejas, los besos paternos y maternos sigan sellando el encuentro.