sábado, junio 20, 2009

Donde estoy

Si no estoy aquí no es que algo ande mal. No es que me haya cansado, aburrido o desgastado escribir en blog. Quizás sí. Pero no, creo que no.
El motivo principal de que no esté aquí, estoy casi segura, es que el ritmo de mi vida ha cambiado. Ya no hay amplios espacios de tiempo, silencio y soledad para sentarme a escribir una entrada. Lo cual no es bueno, pero también lo es.

Quizás dejé de sufrir con intensidad algunas cosas. O al menos de sufrir por las mismas cosas. En muchos sentidos mi vida se recompuso y con ello el ímpetu de escribir textos autoreferenciales se atenuó un poco. Dudo que esas ganas se extingan para siempre alguna vez.
Dedico más tiempo al trabajo y a otras actividades conexas que no son trabajo en sentido estricto de la palabra pero que disfruto. También dedico más tiempo a estar en la vida real, es cierto. Tengo compañeros con los que me gusta estar, tengo una vida familiar no “estable” (¡las fuerzas del Olimpo me libren de ese mal!) pero si grata, afectiva.

Y quizás también sea un motivo de que no esté aquí que mis minutos internéticos transcurran últimamente mucho más en Facebook que en los blogs.
Eso tiene sus causas: la primera ha de ser el tiempo escaso y la posibilidad que brinda la red social de interactuar con otros con poco esfuerzo: un enlace, un “me gusta”, una frase twittera en el “estado” y listo, estamos comunicados con el mundo. Mucho más simple (y menos creativo, claro) que escribir un post, corregirlo, publicarlo. Pero están los comentarios y los intercambios de opiniones y eso sigue estando bueno.
También es cierto que Facebook une distintos universos y en ese punto es divertido. Entre mis contactos tengo a amigos de la adolescencia, compañeros de trabajo, mis hermanos y mis hijos, mi pareja y algunos amigos blogueros de lo que ya me parece mi prehistoria nética (adjetivo que le leí hoy mismo a Nfer, en Comentaristas Dispersas). El hecho de que estos mundos sepan a la vez donde estoy y que estoy haciendo, o cual es mi estado de ánimo y que canción tengo ganas de escuchar y qué me enojó hoy y que interactúen entre si está muy bueno.

Y además la famosa y discutida red me ha dado una que otra satisfacción (como a muchos) a las que por ahora no quiero renunciar: me reencontré con mis compañeros de secundario, queridos amigos a los que no veía más o menos desde el día siguiente en que terminamos la escuela, allá por 1990. Fue tirar de un hilo finito y recuperar recuerdos, sensaciones, risas, anécdotas, cosquillas en la panza y esos años en los que el mundo parece estar a nuestra disposición y la suerte siempre de nuestra parte.
Y con esos reencuentros, otras cosas. En Facebook vi por primera vez una foto del papá de Paola y otra de la mamá de Anita, la primera amiga y la segunda una casi-hermana. Y me hizo temblar recordar que cuando yo jugaba con Ana en el patio de la casa de mi viejo, o dormía con Pao después de alguna fiestita, ellos estaban desaparecidos. Y lo siguen estando.
Y la posibilidad de intercambiar pensamientos con gente a la que conocía vía virtual y ahora conozco en carne y hueso, como finalmente debe ser.

Por eso no estoy aquí. Pero sigo escribiendo el cuaderno de mi vida, renglón por renglón, aunque haya escasas notas en el margen.
Para los pocos que venían a visitarme un ratito cada tanto, si quieren, por ahora pueden encontrarme aquí. Hay que registrarse, claro. Pero no duden que los espero.

lunes, marzo 30, 2009

Niñez

Nací en aquellos años de posguerra.
Cuando era
el hambre y la miseria el pan de cada día.
Y mi madre echaba en la sartén
todos los restos que había en la cocina.

Eran años de ropas heredadas, pantalones
con culera y zapatos
del hermano mayor. De sardinas arenques,
de espadas de madera, y de la leche en polvo
de la ayuda del pueblo americano.

Eran años de frío y de tormentas,
de los primeros viernes,
de la escuela en la plaza y de su olor a tiza,
y, por la noche, la radio en la pared
con Matilde, Perico y Periquín.

Nací en aquellos años sin mañana,
con el olor a estraza
en los comercios y el Cara al Sol cantado
en las escuelas y la tabla del nueve
y España Una y Grande y nada Libre.

Fueron años de merienda de pan
con el chorrito
de aceite con azúcar o con vino.
Y mi padre cansado. Y el fiado en la tienda.
Y la Guardia Civil abriendo procesiones.

Y, sin embargo, ahora, cuando miro
a mis hijos y a sus hijos
recuerdo mi niñez y pienso siempre
que fui feliz. Como sólo los niños
saben serlo en los tiempos más difíciles.


Rodolfo Serrano


Visto, por supuesto, en el blog de Rodolfo Serrano

viernes, marzo 13, 2009

El día que fui feliz


Parecíamos buenos sonriendo a los niños
hablando de perros, amor y asesinos
Jugamos a indios contra vaqueros
ahora estás vivo, ahora estás muerto

Un día de vagos en otra ciudad
si me das un trago te enseño a bailar
Dame la mano y dame ahora un beso
no te hagas el duro que no me lo creo

El día que yo fui feliz
nadie tocaba el violín
ni una maldita florecita
ni arcoiris sobre mi.

Andabamos a casi dos metros del suelo
limpios y guapos, caídos del cielo
Compré una historieta de corto maltés
tú una chaqueta de soldado inglés

Luego borrachos en un club de jazz
creo que hablamos un poco de más
Quiero que siempre te quedes conmigo
ahora que tu eres mi único amigo

El día que yo fui feliz
nadie tocaba el violín
ni una maldita florecita
ni arcoiris sobre mi.

El día que yo fui feliz
nunca pensé que fuera así
y como nadie me avisó
no me dí cuenta y me dormí


"Ni una maldita florecita" - Christina y los subterráneos

sábado, febrero 07, 2009

Modelos

Micaela y Miguel formaban una pareja singular. Toda su vida esperaron un hijo que nunca llegó. En cambio, ellos actuaban, incluso ya mayores, como si todo estuviera por suceder y calculaban los peligros que tendrían que evitar, dentro de la casa, para que la criatura sufriera daño alguno. Su persistencia les salvó de la desesperación; su hilaridad, ante los ojos del mundo, les granjeó el cariño de todos cuantos les conocían. Fenece quien amortaja su onirismo.


Visto (para mí justo en el momento adecuado, y en varios sentidos) en El día que estés muerto sabrás cuanto te quieren, otro blog que agrego a mi lector de feeds.

Epistolario

Señor Dios:

La presente es para comunicarle que doy por extinguida nuestra relación a todos los efectos y por tanto, en aras a mejorar las tareas burocráticas del registro divino, le conmino a que borre mi nombre del libro del Juicio Final, cita a la que no pienso acudir.


Visto en Adversus Mathematicos (blog al que me apunto a partir de hoy), gracias a una cita de Zifra.

lunes, junio 02, 2008

Pase a archivo

Dos cosas recibí hoy. La primera un oficio judicial, tan frío como esta mañana, que me comunica un pase a archivo. No me sorprende porque la justicia es especialista en archivar las pequeñas violencias, los invisibles sufrimientos, las no comprobables agresiones diarias. Le regalé al oficial mi firma y un "apelo" prolijo y absurdo en el papel y le dí las gracias. Cerré la puerta y derramé una lágrima. No quedan muchas, eso es seguro.

En mi casilla de correo electrónico, anónimo, estaba este poema:


Te regalo
una muerte.
Morí tantas
Que puedo regalar alguna.

Morí de amor,
morí de niño solo.

Morí de adolescente,
muchas veces
-en eso todos somos reincidentes-

Morí de adioses,
morí de atardeceres.

De silencio
en el clamor,
de frío
en febrero.

Ya me quedan
pocas muertes.

Ya dejaré de morir
tan vanamente.


Poeta anónimo Roberto Robiola, vía Agencia Rodolfo Walsh



jueves, mayo 22, 2008

Documento

El poder de escribir. Modificar. Volver atrás. Otra vez cambiar de idea. Recomenzar. Contemplar lo hecho y oprimir las teclas cambiando sentidos, mientras el cursor sobrevuela caracteres y espacios. Borrar todo con un dedo y una leve presión. Sabiendo que se puede empezar de nuevo, una y mil veces. Sin daño, casi sin recuerdos. Y apagar y encender y volver a crear un mundo, una historia, un relato, una crónica. Y dejar para mañana, que temprano se piensa mejor.

Si la vida fuera como un documento de Word en blanco, las cosas serían un poco más fáciles.

martes, marzo 18, 2008

Divinidades

Aunque las mentes racionales habían sabido siempre que todos los textos religiosos no podían ser verdaderos, la reacción fue sin embargo muy notable. Allí estaba la revelación que nadie podía negar o poner en duda. Ahí estaban —vistos gracias a una desconocida magia de los superseñores— los verdaderos comienzos de todas las grandes religiones del mundo. En sólo unos pocos días todos los redentores del género humano perdieron su origen divino. Bajo la intensa y desapasionada luz de la verdad las creencias que habían alimentado a millones de hombres, durante dos mil años, se desvanecieron como el rocío de la mañana. El bien y el mal fabricados por ellas fueron arrojados al pasado. Ya nunca volverían a conmover el alma de los hombres. La humanidad había perdido sus antiguas divinidades. Ahora era ya bastante vieja como para no necesitar dioses nuevos.

De "El fin de la infancia" (1953)



Arthur Clarke, escritor de ciencia ficción, ha muerto mañana, 19 de marzo, mientras aquí todavía es 18, y recuerdo aquellas calurosas y largas tardes de mi adolescencia hundida en sus libros.


(Me enteré vía Taleb. La foto también es de su blog).

viernes, enero 18, 2008

La escalinata

1604963682_4ba430d9e6La de la foto era una sonrisa feliz. De felicidad auténtica y completa.
No imaginó, ni se le cruzó hacerlo en ese momento, los días difíciles que vendrían.

Al subir la antigua escalinata junto a él sintió que comenzaba lo mejor de su vida. Ese tiempo compartido, intenso, aprovechado segundo a segundo, minuto a minuto, día a día.
En algún punto entre la avenida que conduce al campus universitario y las escalinatas del imponente edificio, ella fue perfectamente feliz.Ahora sabía de qué se trataba eso. Para que pensar en nada más.

Los meses, los años, suelen poner las cosas en su lugar. Con el recuerdo de esos días y de esos instantes únicos guardaron en una caja sus sentimientos intactos, junto a varios objetos que querían conservar para un futuro juntos.
Cerraron las tapas de cartón, y ya no supieron como avanzar. La sonrisa quedó grabada en la mirada de él, y los ojos serenos de él en la memoria de ella.
Los escalones se esfumaron, y fue imposible seguir subiendo.

sábado, enero 12, 2008

Despedida y encuentro con Ángel González


OTRAS VECES

Quisiera estar en otra parte,
mejor en otra piel,
y averiguar si desde allí la vida,
por las ventanas de otros ojos,
se ve así de grotesca algunas tardes.

Me gustaría mucho conocer
el efecto abrasivo del tiempo en otras vísceras,
comprobar si el pasado
impregna los tejidos del mismo zumo acre,
si todos los recuerdos en todas las memorias
desprenden este olor
a fruta madura mustia y a jazmín podrido.

Desearía mirarme
con las pupilas duras de aquel que más me odia,
para que así el desprecio
destruya los despojos
de todo lo que nunca enterrará el olvido.

Ángel González


Para despedir a un poeta, digo yo, no hay otra manera que leerlo y leerlo, recorrer sus palabras hasta el cansancio, si es que eso fuera posible. Leerlo y recorrerlo hasta que los ojos digan basta, y podamos mirar dentro nuestro y sus palabras estén ahora ahí, y sigan hablando.

martes, enero 08, 2008

Música para un 8 de enero