lunes, marzo 30, 2009

Niñez

Nací en aquellos años de posguerra.
Cuando era
el hambre y la miseria el pan de cada día.
Y mi madre echaba en la sartén
todos los restos que había en la cocina.

Eran años de ropas heredadas, pantalones
con culera y zapatos
del hermano mayor. De sardinas arenques,
de espadas de madera, y de la leche en polvo
de la ayuda del pueblo americano.

Eran años de frío y de tormentas,
de los primeros viernes,
de la escuela en la plaza y de su olor a tiza,
y, por la noche, la radio en la pared
con Matilde, Perico y Periquín.

Nací en aquellos años sin mañana,
con el olor a estraza
en los comercios y el Cara al Sol cantado
en las escuelas y la tabla del nueve
y España Una y Grande y nada Libre.

Fueron años de merienda de pan
con el chorrito
de aceite con azúcar o con vino.
Y mi padre cansado. Y el fiado en la tienda.
Y la Guardia Civil abriendo procesiones.

Y, sin embargo, ahora, cuando miro
a mis hijos y a sus hijos
recuerdo mi niñez y pienso siempre
que fui feliz. Como sólo los niños
saben serlo en los tiempos más difíciles.


Rodolfo Serrano


Visto, por supuesto, en el blog de Rodolfo Serrano

viernes, marzo 13, 2009

El día que fui feliz


Parecíamos buenos sonriendo a los niños
hablando de perros, amor y asesinos
Jugamos a indios contra vaqueros
ahora estás vivo, ahora estás muerto

Un día de vagos en otra ciudad
si me das un trago te enseño a bailar
Dame la mano y dame ahora un beso
no te hagas el duro que no me lo creo

El día que yo fui feliz
nadie tocaba el violín
ni una maldita florecita
ni arcoiris sobre mi.

Andabamos a casi dos metros del suelo
limpios y guapos, caídos del cielo
Compré una historieta de corto maltés
tú una chaqueta de soldado inglés

Luego borrachos en un club de jazz
creo que hablamos un poco de más
Quiero que siempre te quedes conmigo
ahora que tu eres mi único amigo

El día que yo fui feliz
nadie tocaba el violín
ni una maldita florecita
ni arcoiris sobre mi.

El día que yo fui feliz
nunca pensé que fuera así
y como nadie me avisó
no me dí cuenta y me dormí


"Ni una maldita florecita" - Christina y los subterráneos

sábado, febrero 07, 2009

Modelos

Micaela y Miguel formaban una pareja singular. Toda su vida esperaron un hijo que nunca llegó. En cambio, ellos actuaban, incluso ya mayores, como si todo estuviera por suceder y calculaban los peligros que tendrían que evitar, dentro de la casa, para que la criatura sufriera daño alguno. Su persistencia les salvó de la desesperación; su hilaridad, ante los ojos del mundo, les granjeó el cariño de todos cuantos les conocían. Fenece quien amortaja su onirismo.


Visto (para mí justo en el momento adecuado, y en varios sentidos) en El día que estés muerto sabrás cuanto te quieren, otro blog que agrego a mi lector de feeds.

Epistolario

Señor Dios:

La presente es para comunicarle que doy por extinguida nuestra relación a todos los efectos y por tanto, en aras a mejorar las tareas burocráticas del registro divino, le conmino a que borre mi nombre del libro del Juicio Final, cita a la que no pienso acudir.


Visto en Adversus Mathematicos (blog al que me apunto a partir de hoy), gracias a una cita de Zifra.

lunes, junio 02, 2008

Pase a archivo

Dos cosas recibí hoy. La primera un oficio judicial, tan frío como esta mañana, que me comunica un pase a archivo. No me sorprende porque la justicia es especialista en archivar las pequeñas violencias, los invisibles sufrimientos, las no comprobables agresiones diarias. Le regalé al oficial mi firma y un "apelo" prolijo y absurdo en el papel y le dí las gracias. Cerré la puerta y derramé una lágrima. No quedan muchas, eso es seguro.

En mi casilla de correo electrónico, anónimo, estaba este poema:


Te regalo
una muerte.
Morí tantas
Que puedo regalar alguna.

Morí de amor,
morí de niño solo.

Morí de adolescente,
muchas veces
-en eso todos somos reincidentes-

Morí de adioses,
morí de atardeceres.

De silencio
en el clamor,
de frío
en febrero.

Ya me quedan
pocas muertes.

Ya dejaré de morir
tan vanamente.


Poeta anónimo Roberto Robiola, vía Agencia Rodolfo Walsh



jueves, mayo 22, 2008

Documento

El poder de escribir. Modificar. Volver atrás. Otra vez cambiar de idea. Recomenzar. Contemplar lo hecho y oprimir las teclas cambiando sentidos, mientras el cursor sobrevuela caracteres y espacios. Borrar todo con un dedo y una leve presión. Sabiendo que se puede empezar de nuevo, una y mil veces. Sin daño, casi sin recuerdos. Y apagar y encender y volver a crear un mundo, una historia, un relato, una crónica. Y dejar para mañana, que temprano se piensa mejor.

Si la vida fuera como un documento de Word en blanco, las cosas serían un poco más fáciles.

martes, marzo 18, 2008

Divinidades

Aunque las mentes racionales habían sabido siempre que todos los textos religiosos no podían ser verdaderos, la reacción fue sin embargo muy notable. Allí estaba la revelación que nadie podía negar o poner en duda. Ahí estaban —vistos gracias a una desconocida magia de los superseñores— los verdaderos comienzos de todas las grandes religiones del mundo. En sólo unos pocos días todos los redentores del género humano perdieron su origen divino. Bajo la intensa y desapasionada luz de la verdad las creencias que habían alimentado a millones de hombres, durante dos mil años, se desvanecieron como el rocío de la mañana. El bien y el mal fabricados por ellas fueron arrojados al pasado. Ya nunca volverían a conmover el alma de los hombres. La humanidad había perdido sus antiguas divinidades. Ahora era ya bastante vieja como para no necesitar dioses nuevos.

De "El fin de la infancia" (1953)



Arthur Clarke, escritor de ciencia ficción, ha muerto mañana, 19 de marzo, mientras aquí todavía es 18, y recuerdo aquellas calurosas y largas tardes de mi adolescencia hundida en sus libros.


(Me enteré vía Taleb. La foto también es de su blog).

viernes, enero 18, 2008

La escalinata

1604963682_4ba430d9e6La de la foto era una sonrisa feliz. De felicidad auténtica y completa.
No imaginó, ni se le cruzó hacerlo en ese momento, los días difíciles que vendrían.

Al subir la antigua escalinata junto a él sintió que comenzaba lo mejor de su vida. Ese tiempo compartido, intenso, aprovechado segundo a segundo, minuto a minuto, día a día.
En algún punto entre la avenida que conduce al campus universitario y las escalinatas del imponente edificio, ella fue perfectamente feliz.Ahora sabía de qué se trataba eso. Para que pensar en nada más.

Los meses, los años, suelen poner las cosas en su lugar. Con el recuerdo de esos días y de esos instantes únicos guardaron en una caja sus sentimientos intactos, junto a varios objetos que querían conservar para un futuro juntos.
Cerraron las tapas de cartón, y ya no supieron como avanzar. La sonrisa quedó grabada en la mirada de él, y los ojos serenos de él en la memoria de ella.
Los escalones se esfumaron, y fue imposible seguir subiendo.

sábado, enero 12, 2008

Despedida y encuentro con Ángel González


OTRAS VECES

Quisiera estar en otra parte,
mejor en otra piel,
y averiguar si desde allí la vida,
por las ventanas de otros ojos,
se ve así de grotesca algunas tardes.

Me gustaría mucho conocer
el efecto abrasivo del tiempo en otras vísceras,
comprobar si el pasado
impregna los tejidos del mismo zumo acre,
si todos los recuerdos en todas las memorias
desprenden este olor
a fruta madura mustia y a jazmín podrido.

Desearía mirarme
con las pupilas duras de aquel que más me odia,
para que así el desprecio
destruya los despojos
de todo lo que nunca enterrará el olvido.

Ángel González


Para despedir a un poeta, digo yo, no hay otra manera que leerlo y leerlo, recorrer sus palabras hasta el cansancio, si es que eso fuera posible. Leerlo y recorrerlo hasta que los ojos digan basta, y podamos mirar dentro nuestro y sus palabras estén ahora ahí, y sigan hablando.

martes, enero 08, 2008

sábado, diciembre 22, 2007

El mundo se ha hecho más pequeño

El muchacho recorría aldeas y pueblos con su padre, vendiendo mercaderías. Sabía de dormir en los establos de las posadas, junto al caballo. El mundo era inmenso y su paisaje inmediato tal vez demasiado pequeño.

Había nacido en 1902 en Alcora, un pueblito de la provincia de Castellón de la Plana. Era uno de cinco hijos de un matrimonio humilde. Alcora - España

Su hijo mayor nunca supo bien la razón por la que su padre llegó a Argentina. Creía que había venido a América para salvarse de la “mili”, pero con los años encontró entre sus pasaportes papeles con anotaciones militares. Quizás su aldea le quedó chica, quizás decidió atravesar medio mundo buscando un futuro. El viaje no era corto, nada por entonces era instantáneo, pocas cosas eran, como hoy, fugaces.

En Argentina tenía un tío dueño de un bazar (hoy en el lugar hay una librería). Con 23 años el joven inmigrante llegó a la ciudad de La Plata, a hacer primero de vendedor y después de encargado en el negocio, y allí se casó y tuvo hijos. En 1934 volvió a España en barco a ver a su familia, y al poco tiempo de su vuelta supo de la muerte de su padre, a quien habían matado los “rojos” en la Guerra Civil. En 1950 volvió a viajar a España, ya en avión, por última vez.

La nieta conoció un hombre ya anciano, siempre sentado, de pocas palabras, que sonreía a veces. El no contó su historia, tal vez ya no era tiempo, tal vez sus nietos eran demasiado pequeños y él estaba ya muy cansado.

Lo he imaginado desde que mi mente accedió a esa imagen de vendedor ambulante, recorriendo pueblos, y desde que, vía Internet, he podido ver fotos de su pueblo.

España siempre fue un territorio de fantasías. Quizás por ser nieta de un inmigrante, pero eso no lo sé con certeza. Hay algo allí, siempre hubo algo: una historia, unos lugares, unas voces, incluso unos olores que imagino y me atraen.

Sin embargo España no dejó de ser un ensueño borroso hasta que pude hacer contacto con personas. Discusiones, conversaciones, acuerdos y desacuerdos de un lado al otro del océano en segundos, muchas veces en simultáneo. Muchas veces hubo calidez y sorprendentes coincidencias, de esas que no se encuentran a diario en el entorno cercano.

Ella, desde España, me ha dicho hace unos días que pensó en mí mientras escuchaba unas zambas y chacareras en un recital. Y otra vez el territorio de la fantasía se volvió el espacio donde vive una persona. Ha sentido como propio, ha compartido algo que de alguna forma es mío, y el mundo ha estrechado kilómetros, los mismos que recorrió aquel barco en el que llegó mi abuelo, pero esta vez en segundos.

Donde quiera que esté el último día de este año levantaré una copa, como indica el ritual. Tal vez no esté celebrando, quizás no haya euforia en ese gesto. Recordaré, sumaré y restaré en el balance de los arbitrarios doce meses del año, pensaré otro tanto en el futuro, desearé con fuerza que es la única forma de desear, y brindaré también por aquellos encuentros, en los que no hay miradas ni abrazos apretados, pero sí intercambios sinceros de sentimientos y pensamientos. Por algunos motivos que aun no comprendo, y por otros que sí entiendo, y también porque alguien piensa en mí al oír una melodía, hay un pedacito de mí en aquel continente, y hay un territorio que también me pertenece.

Efectivamente, el mundo se ha hecho más pequeño.

jueves, noviembre 08, 2007

La decisión

Por mi parte tendría que decirte: se acabó, terminé...Pero te juro que seguiría alargando el pasado con tal de que no llegara el momento de tu decisión.

Sí, Alejandra, cualquiera es una decisión. Que no digas nada también. Y todo lo que te dije esta mañana, también. ¿O creés que no me hubiera resultado más fácil comentarte, como al pasar, que hace unos días mi viejo volvió de viaje y listo?


De la novela "Las visitas", de Silvia Schujer, Alfaguara Juvenil, Buenos Aires, 2006.

Un texto para gente "desde 12 años", de la colección azul de Alfaguara. Me emocionó.

viernes, noviembre 02, 2007

Lápiz y papel

Hace varios siglos, me parece, cuando estaba lejos de conocer las computadoras y lo más parecido a un juguete electrónico era el Atari que alguna vez compartí con mis hermanos en el televisor blanco y negro, escribía las páginas de un diario de tapas duras rosa metalizado, con un candado que encerraba mis más preciosos secretos de pre adolescente.

Fue entonces cuando empecé a amar al lápiz y al papel.

Es difícil que en cualquier lugar falte un elemento para escribir y un papel cualquiera donde hacerlo. Durante años llené de frases prestadas las hojas Rivadavia de mi gastada carpeta del secundario, las tapas de la carpeta, las tapas de los libros, las paredes de mi cuarto, las de algún bar de mala muerte refugio de horas fuera de la escuela…a veces biromes y fibras iban más allá del papel.

En esos años en que creí perder a quien era yo realmente, ocupé páginas de una agenda tal vez pensada para organizar tareas laborales escribiendo alguna memoria triste, las sensaciones de un presente entre amargo y esperanzado y las ganas de un futuro que, indolente, desviaba su ruta.

En esas mismas hojas le escribí las primeras palabras a mi primer hijo antes de nacer. Y un poema a los pocos días de que sus ojitos entonces verdes vieran la luz de este mundo desigual y bello.

Las últimas cartas en papel las escribí también en aquellos días.

Los post, pienso a veces, deberían escribirse primero con lápiz y papel. Algunas veces lo he hecho pero paradójicamente este no es el caso.

Es raro haber escrito las letras más sentidas de mi vida presionando botones y mirando los caracteres aparecer –impersonales- en una pantalla. Siendo la principal tarea de mi oficio hilar palabras y frases, después de haber martillado una máquina de escribir con los dos índices durante un tiempo, era claro que llegarían las cosas a este punto.

Si hoy no tuviera computadora –si no tuviera bitácora-, seguro estaría llenando hojas de algún bloc, cuaderno, agenda o similar. No me habría olvidado de registrar ese día, cuando se terminaron las fechas que reúnen los doce meses de un año que ya no habría de repetirse con el recuerdo del anterior, distinto y agonizante.

Habría anotado el día en que aquel recién nacido se subió a un transporte público sin querer que yo lo acompañara en el trance, me saludó y lo vi irse, mientras sentía el tironcito al desprenderlo para siempre de mí, de mis cuidados primeros y de esa infancia que abandona.

No habría olvidado dedicarle unas líneas a mi pequeña, que ya usa mi ropa y mis zapatos, y que camina a mi lado, a la par, muchas veces en silencio, cada una con sus pensamientos, pero muy cerca.

Si hoy no tuviera computadora estaría tal vez recordando un encuentro fugaz en una esquina, en una plaza. Estaría tratando de reproducir con papel y lápiz una sonrisa –aquella-, sin dudas estaría escribiendo.

Si hoy no tuviera un teclado y una pantalla, si no tuviera un blog, de alguna manera, seguro, estaría escribiendo que te quiero.

sábado, octubre 20, 2007

Contratango (y tristeza)


Pasó el tiempo del desguace,
de aprender cómo se hunde
la miseria en la miseria
y el dolor en el dolor.

Ya no gimo en la amargura,
la soledad no me aterra,
aprendí a quererme un poco,
p'a vivir cogí valor.

Fue entonces que pude verla,
sonriendo a mi costado,
que pude tomar su mano
y abrir mi pecho al amor.

Por eso no pienso en irme
ni en cesar mi pensamiento.
¡Que ya se fue el sufrimiento
y pensar puedo mejor!

Profesor Portillo


Tenía esas cosas. Contestaba a un tango con un contratango. Comentaba en haiku.

No sé bien en que momento lo conocí. No sé si lo conocí, aunque sé que he querido hacerlo.
Me invade la tristeza y me resisto a creer.
Quien sabe por qué un puñado de personas en el mundo pueden entenderse a la distancia, creando una pequeña e invisible red de afectos intangibles y sin embargo, tan reales.

El Profe falta desde el 16 de octubre en mi pequeña red. Y lo voy a extrañar.

lunes, octubre 01, 2007

El cuarto de al lado

Yo sólo sé que nunca estuve a la altura
yo estaba muy pirado y vos eras tan pura
también solías ser mi muchachita punk
pero en cualquier caso sabías amar

Recuerdo la mañana yendo al hospital
reías como loca ibas a ser mamá
hiciste yoga sola encerrada en el baño
después te di la mano y pasaron los años

La vida es la reina madre de la inmensidad
la que agita las fieras, la que acerca los corazones
la música es la reina madre y ya no se hable más
silencio que ha llegado ella con sus balas y flores

La sangre juega fuerte, no sabe pensar
desata las tormentas, desde el más allá
por suerte nunca me tomé nada tan en serio
yo sé que ya está todo escrito en el viento

Y todo lo que hacés por obligación
se lleva la alegría de tu corazón
y quién se va a creer lo que cuentan los diarios
yo creo en el amor a través de los años

Yo sólo sé que nunca estuve a la altura
yo me hago el inocente y vos te hacés la dura
igual está el amor, no se puede parar
los hijos en el cuarto de al lado


Fito Páez, del album "Rodolfo", 2007


Sólo por esta canción me voy a comprar el disco de Fito. Como diría Casciari, quiero poseerlo.

jueves, septiembre 13, 2007

Para que no se olviden

A Hernán, con un tirón de orejas.


Muchas veces en mi vida me atacó una sensación extraña: la de creer que pertenezco a una rara generación en extinción. Como si quienes tienen mi edad no compartieran los mismos recuerdos, la misma nube nostálgica hacia cosas que van quedando inevitablemente en la niñez, y que sólo pueden volver cuando se las rescata en reuniones de pares, de esas en las que los “te acordaaaaaas de…?” surgen a borbotones.

Pues bien, me he encontrado con poca gente de mi edad que recuerde las mismas cosas que yo. Por caso ¿alguien que visite este blog (¡y que no sea ninguno de mis hermanos!) ha leído de chico la colección de los cuentos del Chiribitil? ¿Existe algun humano de treinta y pico por ahí que haya disfrutado con los libros de Polydoro? (aun con esas historias bíblicas que vaya a saber por qué no pasaron el filtro de unos padres poco proclives al adoctrinamiento religioso).

Más aún: ¿alguien recuerda las revistas Recreo?

Supongo que muchos habrán leido a Elsa Borneman y escuchado a María Elena Walsh. Más de uno habrá pasado tardes calurosas, ya preadolescente con los libros de la colección roja de Billiken, o con los amarillos de la Robin Hood. ¿Pero qué hay de aquellos tesoros de la niñez, de mi niñez?

Este sí, este no, este no, este no, este sí…

El ritual se repetía de cama en cama. Lo disfrutaba los fines de semana cuando dormía en casa de mi viejo, sin apuros y sin madrugones en ciernes. Mi papá con la pila de las Recreo y alguno de nosotros eligiendo el cuento que nos tocaba esa noche. Uno por cama, una elección por cama. A veces una elección (y un cuento) cada dos camas, para ahorrar voz y apurar el tiempo del descanso. Después, orejas de la almohada para afuera y a dormir.

Recordé todo esto mientras visitaba Para que no se olviden. El sitio es español, pero sin embargo muchos de los títulos que rescata no me pasaron desapercibidos, como los de la colección “Cómo hacer”. Maravillosa idea , teniendo en cuenta que el papel se deteriora, y que algunos tesoros de aquella época en la que éramos chicos, parecen no ser merecedores (y yo discrepo totalmente) de reedición alguna.

Me dieron muchas ganas de empezar una iniciativa similar. Entre mis hermanos hay quien tomó la decisión de empezar a escanear, pero no sé hasta donde habrá llegado en la empresa. Pues bien, hacen falta otros escáneres (¿se dice así?) y otras ganas. Digo, cooperación. Y poner manos a la obra. ¿Por qué no dejar ese legado?

Después de todo, en el futuro las pc estarán cada vez menos atadas a un rincón o a un cable. Serán cada vez más portátiles, livianas y fáciles de manipular. Quien sabe si arrastrando el ratón por la pantalla no se podrá reeditar la ceremonia del “este sí, este no…”

Y quizás, quien sabe, después del cuento, de apagar el monitor, y de sacar las orejas, los besos paternos y maternos sigan sellando el encuentro.

martes, julio 31, 2007

Construcción

El pasillo tiene paredes blancas y la pintura se resquebraja y cae. Por encima de esos muros asoman ramas y hojas de alguna de esas plantas que trepan e invaden, y que tanto me gustan.
El pasillo no va a cambiar, quedará como el primer día, hospitalario y austero, felíz con los sueños que flotan y se enganchan de las trepadoras, pendiendo como gotas de lluvia o de rocío.
Casi temo entrar. Hay una mezcla de ganas y de miedo, pero no, no desecharía la posibilidad de traspasar ese umbral cálido. Allí, del otro lado, late un espacio pequeño que contendrá una historia compartida.
De las paredes claras cuelgan objetos que durante meses fueron custodiados celosamente: mariposas de cristal, anotadores para recordar tareas conjuntas, una caja de madera oscura y puerta de vidrio que guarda hojas de té de mil sabores, que aromarán mil tazas humeantes.
Poco más hay, y es que no hace falta: un sillón que se ajusta limitado al amigable ambiente, libros, estantes, libros, estantes, libros, discos, recuerdos que ya tenemos (¿viste que no fue en vano rescatar esas maderas?).
Yo digo que es a la derecha donde se abre ese otro espacio, tal vez aun más pequeño, que parece arrancado de lo inexistente, porque hacía falta sí o sí el lugar para las dos mesitas cuadradas, colocadas como dos casilleros de ajedrez listos para que avance el alfil. Las dos pantallas y su luz que cansa, más libros, papeles, manuscritos, lápices, dibujos infantiles, algunas fotos, más recuerdos, música que desde allí inundará día a día otros espacios. Sitio de trabajo y refugio. No es mala conjunción, después de todo.

El silencio. Uno como el que me rodea ahora. La paz, la calma. Allí no hay sobresaltos en el alma, allí hay días con sus blancos, sus negros y sus grises, pero hay sosiego. Siempre que sepamos construirlo.

Cuando parezca que las miradas atravesaron los rincones más oscuros, cuando a veces, en esos días, parezca que lo infinito se escapa, huiremos a la cocina, al olor a café y al rayo de sol que entibia la mesa oscura. Basta esa mesa, unas sillas, y el sol. Basta una mañana. Alcanzan, alcanzarán siempre, las horas de la tarde, unos mates y el silencio.
No sé cuantas habitaciones tiene la casa. No sé más de ella que lo que aquí cuento.
Sólo que el patio tiene un desnivel. Y lo sé porque una noche, mucho antes de habitarla, estuve en ese patio. Había luna. Entonces lo ví todo claro.

jueves, junio 14, 2007

No debería estar escribiendo esto

Resulta que es miércoles por la mañana y la vida no avanza. Es decir, avanza, pero como decía alguien, mientras yo estoy haciendo otra cosa (que no sé cual es).

Tengo dos horas para cumplir con un trabajo y divago de blog en blog. Me es difícil concentrarme y no quiero concentrarme. Tal vez ganas de tener toda una tarde para quedarme colgada en las alturas, mirar el sol si es que como hoy se digna a salir, caminar un rato y después sentarme placidamente a escribir lo que me venga a la cabeza, que claramente no es la nota sobre el Patronato de Liberados, ni los reclamos de los señores de buena familia que piden mano dura.

Lo cierto es que vía Bloglines leo a Sebastián, y a través de él llego a un par de bitácoras lindas. Y ahí me quedé…Me siento culpable si escribo algo “mío”, pero parece que leer no me da culpa.

En fin, que he perdido tiempo como todos los días. Y lo sigo haciendo.

Creo que mi día felíz va a ser aquel en que no sienta que lo estoy derrochando. Quizás entonces la vida comience a transcurrir mientras yo estoy en ella. Quizás, no sé.

Mientras, algo que leí me dio una puñalada. Así son las cosas. Siempre alguien te tira la verdad en la cara. Tal vez termine de decidirme a vivir un día de estos.

sábado, junio 02, 2007

El horizonte

Puse rumbo al horizonte
y por nada me detuve,
ansioso por llegar
donde las olas salpican las nubes,
y brindar en primera fila
con el sol resucitado,
sentarme en la barandilla
y ver qué hay del otro lado.

Y cuanto más voy pa' allá
más lejos queda,
cuanto más deprisa voy
más lejos se va.


Allí nacen las leyendas
y se ocultan los secretos
y se alcanza a dibujar
con las estrellas en el firmamento.
Sueño con encaramarme
a sus amplios miradores
para anunciar, si es que vienen,
tiempos mejores.

Joan Manuel Serrat (1983)


Joan Manuel Serrat...

lunes, mayo 14, 2007

Hijos

Esto de la educación de los hijos (póngase uno en plan de hijo o de padre, el cuento es el mismo), es de verdad algo difícil de ejercer, pero sobre todo de predicar. Me refiero a que alguien pueda decir a otro como educar...
Estaba pensando en esto, porque de verdad cuesta (sobre todo cuando la responsabilidad es de uno solo, aunque nunca estuve del todo segura de aquello de que los chicos necesiten "la familia tradicional" para ser felices) y me encontré con un post de Psicobyte, que voy a cortar y pegar sin ningún pudor, tan sólo porque me hizo sonreir, porque pocas veces me sentí tan identificada con un texto de otro, y porque tiene mucho que ver con mi experiencia.
Creo que uno nunca sabe si hizo las cosas bien hasta que los hijos crecen y se convierten en adultos, y allí ya no hay tiempo para corregir demasiadas cosas. Tampoco está mal que así sea. Después de todo ellos habitan "en la casa del mañana, que tú no puedes visitar, ni siquiera en sueños".

Mis padres decidieron que no inculcarían a sus hijos ninguna religión o creencia para que, siendo adultos y (presumiblemente) responsables, adoptasen libremente sus propias creencias.

Mi madre (que decía "Yo no me meto en los asuntos de dios, y él no se mete en los míos") me explicó una vez "Cuando seas mayor, tú creerás en lo que tu decidas".

El predecible resultado fue que, como ya sabes si me has leído por aquí alguna vez, soy ateo.

Tuve profesores de todo tipo, con ideas y creencias muy distintas que, a veces, intentaron enseñarme visiones mas estrechas de la realidad, en las que había preguntas que yo no tenia derecho a hacer.

Tuve incluso un profesor que agitaba ante nuestras mentes los inenarrables horrores del infierno (¿Sabes cuanto dura una eternidad de sufrimiento?) para todo aquel que osase tan siquiera pensar en lo que el consideraba incorrecto.

Por fortuna me libré de sufrir ningún trauma: Si en tu casa te han enseñado que ser libre es mas que un derecho, que es un deber y una responsabilidad, será muy difícil que te conviertan en un esclavo en la escuela.

Me enseñaron también a ser crítico con el mundo, a tratar de entender las cosas y a evitar creer nada sin motivo.

Nunca tuve la clásica tensa charla "sobre el tema del sexo", porque nunca hizo falta. Nunca hubo "cigüeñas" ni ridículos cuentos similares en mi infancia. El proceso por el que nacemos era tan misterioso y tan tabú como el de la digestión de los alimentos.

El desnudo tampoco fue nunca algo a ocultar. Cuando en tu casa os habéis duchado juntos durante años tú, tu padre, tu madre, tu hermana y tu hermano (si, cinco, al mismo tiempo), no puedes siquiera pensar que hay quien cree que existe algo implícitamente sucio en un cuerpo desnudo.

No se si mi padre lo recuerda pero, una vez, hablando del "otro difícil tema" de las drogas me dijo: "Si te ofrecen un porro y tienes curiosidad acéptalo y, cuando veas que no es nada de lo que te imaginas, entonces lo dejas". Y, en su momento, lo hice así. He fumado porros más de una vez y me he pillado algunos colocones. No es ni bueno, ni malo, ni todo lo contrario. Hace años que rechazo cualquier oferta de "una calada" sin vergüenza, sin miedo y, por supuesto, sin ninguna pretensión de "pureza personal" ni superioridad.

Para ser sincero contigo: No puedo evitar una cierta punzada de superioridad cuando veo a alguno de esos que se sienten transgresores cuando fuman un porro, como un crío que pide una cerveza para parecer "mas hombre".

Me enseñaron a ser una persona moral y sin prejuicios. Sin inviolables leyes kantianas ni relativismos postmodernos. Me enseñaron a respetar y a tratar de merecer respeto. Y no me lo enseñaron con palabras, si no con hechos. Día a día.

Indudablemente, no soy la mejor persona del mundo. Probablemente, tampoco sea la mejor persona que conozco.

Podría ser mejor persona de lo que soy pero, cualquiera que sean mis limitaciones, son mis propios defectos, no de la educación que recibí.

La verdad es que mis padres me pusieron el listón muy alto: Si algún día me veo en la tesitura, quisiera ser capaz de educar como ellos me educaron a mí.


En Psicofonías (algo así como el blog de Psicobyte)